El tema de la adopción es maravilloso, tanto desde la perspectiva humana como de la perspectiva espiritual. Pablo menciona 4 veces la palabra «adopción» (Rom. 8:15, 23; 9:4; Gál. 4:5), y también menciona el término «adoptados» una sola vez en Efesios 1:5. En todas las citas, la adopción es un acto para los que obtienen la condición de hijos.
En Romanos 8:15 encontramos que los creyentes «reciben el espíritu de adopción», y se concluye con la expresión «Abba Padre». Una de las características de la adopción es la seguridad personal de que somos hijos de Dios y la certeza del testimonio del Espíritu Santo en la vida (Rom. 8:16). Luego podrían haber dudas e incertidumbre, pero cuando una persona es salva experimenta el gozo de haber sido adoptado. En este caso, es la «experiencia intangible» de la realidad tangible que aún no experimentamos en plenitud.
Por eso, en Romanos 8:23 se explica que la adopción es «la redención de nuestro cuerpo». Aunque es un hecho real de que somos hijos de Dios por la fe desde el momento de creer en Jesucristo como Salvador, esa adopción tendrá su cumplimiento hasta que nuestro cuerpo haya sido glorificado. Por eso, ahora podemos pasar momentos difícil, incertidumbre y lucha; el cuerpo aún no ha sido redimido, aún debe morir para que sea resucitado. La transformación de los que estén en el Rapto, será una realidad de cambio inmediato. Los que no participen del Rapto en vida, serán resucitado para que participen de él.
En Romanos 9:4 la adopción se usa en un sentido diferente al capítulo 8. Pablo acá habla de la «adopción del pueblo», no de los individuos. En el capítulo 8 habla de los salvos por Cristo, judíos o gentiles, pero en el 9 está hablando de la nación de Israel (9:3-4), la nación elegida y preservada por gracia. Como nación fue adoptado el pueblo, pero los individuos deben ser salvos, como dice Pablo en el verso 3. Acá la adopción que reciben es la de «pueblo de Dios», muy diferente a una adopción individual. Actualmente el Israel que conocemos está perdido, sin Dios y sin Cristo; su permanencia es el resultado de las promesas de Dios dadas a Abraham; pero ese Israel debe ser salvo en un futuro mediante la conversión como pueblo a Cristo (Rom. 11:26). El Israel moderno está en oscuridad y no por ser descendientes biológicos de Abraham son realmente el Israel salvado (Rom. 9:6). Cada persona debe creer en Cristo en esta era de Gracia, y eso aplica a Israel. Pero aún así, la promesa permanece y Dios no invalidará las promesas desechando a Israel (Rom. 11:1-2). En un futuro Dios hará un llamado y aquellos israelitas serán salvos al creer en Jesucristo como su Salvador. Este es, por tanto, una «adopción escatológica».
En Gálatas 4:5 la «adopción» se contrasta con estar «bajo la ley», y nos habla de un cambio de familia. Estando perdidos, la adopción nos cambia de la ley a la gracia, para ser hijos de Dios. Observe que en Gálatas 4:6 la presencia del Espíritu en los creyentes es la que produce el mismo anhelo que se expresa en Romanos: «Abba Padre». Aquí se habla de la realidad presente de ser hijos de Dios por la fe en Cristo.
En Efesios 1:5 el tema gira en torno al concepto de la experiencia inicial de la salvación, al propósito final de la salvación. Observe que la predestinación se da dentro del marco de los escogidos, y es aplicable solo a quienes han sido «escogidos en Cristo». La única manera de ser escogido «en Cristo», es haber creído en Él; antes de eso no hay elección. Pablo es claro cuando dice que antes de creer en Cristo eramos «por naturaleza hijos de ira como los demás» (Efe. 2:3), lo que significa que no podíamos tener una elección divina sin haber llegado a Cristo. La elección «antes de la fundación del mundo» se da «en Cristo», y es evidente que Dios elige a Cristo y a todo aquel que en Él cree. La elección es una realidad eterna y permanente en Aquel que se encarnó (2ª Tim. 1:9) y es evidente en todo aquel que crea. Por eso, la adopción es parte de la predestinación, porque actualmente somos hijos, pero en el futuro, mediante la resurrección del cuerpo, seremos hijos completamente, ya que Él no solo salvo el espíritu, sino que redimió nuestro cuerpo (Rom. 8:11). La adopción, es en Efesios la culminación del plan redentor, donde cada creyente, incluyendo su cuerpo mortal, ha sido hecho un hijo completamente. Actualmente nuestro cuerpo es salvo, pero debe ser transformado para que en él se aplique la adopción y redención del cuerpo en su totalidad.
La adopción es un acto divino que incluye el espíritu, el alma y el cuerpo del creyente (1ª Tes. 5:23), pero las credenciales finales serán dadas cuando resucitemos libres del pecado (Heb. 9:28).
Por tanto,
La adopción no es un acto hecho en el pasado.
La adopción es un acto efectuado cuando la persona, arrepentida de sus pecado, cree en Jesucristo, recibiéndolo en su corazón.
La adopción es un acto en dos etapas: La realidad espiritual y total de que somos hijos de Dios, y la conclusión final y permanete por medio de la resurrección.
Cualquier persona que crea en Cristo será adoptada como hijo.
Si usted ha tenido mala experiencia, o ha sido huérfano, o ha permanecido en el silencio del rechazo de un padre, o perdido por muerte a su padre querido, Jesús promete adoptarle como hijo si cree en Él como Señor y Salvador. En Él encontrará al Padre del cual proceden todas las cosas buenas (Santiago 1:17), y estará precente cuando enfrente todas las cosas malas de este mundo (Juan 14:27).
«Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo». Hechos 3:19-21.
«Así, pues, nosotros, como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Porque dice: En tiempo aceptable te he oído, Y en día de salvación te he socorrido. He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación». 2ª Corintios 6:1-2.
