Varón de Dolores
Isaías 52:14-15: «Como se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres, así asombrará él a muchas naciones; los reyes cerrarán ante él la boca, porque verán lo que nunca les fue contado, y entenderán lo que jamás habían oído».
Este pasaje nos describe el resultado de los golpes de tortura que recibió nuestro Señor Jesucristo cuando fue a la cruz. Su rostro y su apariencia era difícil de ver, desfigurado por los golpes y las múltiples heridas, su espalda dañada por el flagelo romano, y su cabeza ensangrentada de golpes con palos (Mat. 27:30). Dice el Evangelio que recibía puñetazos en su rostro vendado, evitando así poder esquivarlos (Marcos 14:65: «bofetada» es golpear con la mano abierta). Le tiraban escupitazos mientras permanecía desnudo frente a todos.
Cuando el Señor emprende el camino de la Vía Dolorosa, su rostro está desfigurado, su barba fue arrancada a tirones (Isaías 50:6), dejando piel rasgada, sangre y severas heridas; llevaba una corona con espinas (Juan 19:2, 5). Fue azotado (Mat. 27:26), y según el término griego, fue con un lático o flagelo con tres finales, cada uno con una pequeña bola o garfio de metal, que arañaba la piel mientras la arrancaba poco a poco hasta dejar descubiertos los músculos.
Sufrió a manos de israelitas, de su pueblo y de su etnia, a quienes ama y por quienes murió, pues, «A los suyos vino, pero los suyos no le recibieron» (Juan 1:11). Lloró por su amada Jerusalén y sufrió porque nunca entendió que Él era su paz (Luc. 19:42). El Salmo 122:6 insta a orar por la paz de Jerusalén, y esa Paz llegó en la persona más perfecta, en Dios hecho carne, pero fue rechazado y fue asesinado. Pero era necesario que Jesús padeciera mucho y fuera desechado por el liderazgo de Israel, que muriera y luego resucitara (Luc. 9:22).
Jesús es Dios hecho carne, es la manifestación visible de Dios (1ª Timoteo 3:16), es la imagen del Dios invisible (Col. 1:15), y quien vio a Jesús, vio al Padre (Juan 14:9), porque Jesús y el Padre son uno (Juan 10:30).
Hoy no vemos a Jesús, pero somos bienaventurados por creer sin haberlo visto (Juan 20:29). Porque todo aquel que en Él cree será salvo (Juan 3:15-16; Romanos 10:13), porque Él quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de su verdad (1ª Timoteo 2:4).
Un día en el futuro «todo Israel será salvo» (Romanos 11:26), todo el pueblo descendiente de Israel lamentará por Cristo y sufrirá porque lo traspasaron (Apocalipsis 1:7). Dios marcará 144,000 judíos para que entren al Milenio, y reservará un pueblo para sí de todas las naciones. Pero todo está sujeto al creer en Cristo como Salvador, pues, no hay otro camino ni otra forma de salvación.
Cualquiera que crea en Cristo será salvo, es el único requisito y es la única verdad. Hoy es el tiempo aceptable, hoy es el día de salvación (2ª Corintios 6:2). La palabra del Señor te urge hoy:
«Cercana está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe, la cual predicamos: Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia; mas con la boca se hace confesión para salud. Porque la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado» (romanos 10:8-11).
¿Eres un creyente auténtico de Jesucristo como Salvador de tu vida?
